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LOS TOROS, DESDE LA BARRERA (III): LA ARENA.

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Todo un manojo de nervios. Auténtico azogue encima de la silla, en el pasillo, apoyado en la pared, desapoyándose del suelo, huyendo de las zapatillas, buscando los cordones para volver a anudarlos, cordones que nunca se fueron de allí. El café era otro mal consejero. También lo tenía prohibido, excluido, ilícito, clandestino. Todo estaba en su contra. Todo y todos. Aquí no libraba nadie. Hasta Dios tenía su parte de culpa.

Y ¿Por qué a él? ¿No había nadie más en quien cebarse? ¿Era carne de horca, él, ahorcado y colgado desde antes de saber a quién y cómo debería colgar? Defensa propia. Aquellas pequeñas porciones, pociones, pasiones, cada una de un color, cada una de un sabor, cada una sin un olor le dejaba llevarse, salir, evadirse, aparecer y desaparecer. Qué mejor que dejarse trasladar, nadar en la nada, por vapores, vahos, emanaciones, por las bellas nubes con forma de huríes con esas imágenes embriagadoras. Tanto daba que le vieran a trazos, a rasgos, a trozos, a riesgos. Mañana sería otro buen día para empezar de cero de nuevo.

Y en esa nube donde danzan las cortas alegrías, no se percibía, no se veía, no distinguía, no comprendía que el tiempo huye hacia delante y no vuelve la vista a lo que va dejando atrás. ¡Avanti, populo! ¡Tempus fugit!… Vive deprisa, muere joven y tendrás un bonito cadáver. Tempus semper fugit…


A las cinco de la noche
Eran las cinco en punto de la noche.
Un enfermero trajo la blanca sábana
A las cinco de la noche.
Una espuerta vacía ya prevenida
A las cinco de la noche.
Lo demás era muerte y sólo muerte
A las cinco de la noche


A fin de cuentas, aquel bulto tapado con un abrigo raído y mugriento ¿Quién más podría ser que el borracho de todos los días durmiendo la mona? Hacía tiempo que “V.” se mimetizaba con el paisaje. De pura rutina comenzaba a pasar desapercibido. Se hermanaba con el verde del suelo húmedo y mullido. Se emboscaba tímidamente entre las amarronadas cortezas de árboles centenarios o no tan mayores. Era normal contemplarle con la mirada ida en el suelo persiguiendo hormigas imaginarias o fundiéndose en un abrazo fotográfico con un tronco reseco que invitaba a seguir el Camino de Santiago a pan y agua. ¿Agua? ¡Sobretodo, agua!


Un ataúd con ruedas es la ululante tartana
A las cinco de la noche.
Copas y risas ¿sonarán en su oído?
A las cinco de la noche.
El toro ya mugía por su frente
A las cinco de la noche.
El parque se irisaba de agonía


“V.” era de paseo fijo hasta cualquier banco del parque a sentarse, primero con la tibieza de los primeros rayos de Sol y segundo, a tumbarse cuando ya estaba “tibio”. Si no tenía esa oportunidad porque la modorra le aprisionaba y no le dejaba desplazarse, el lecho de césped hacía las veces de tálamo y cualquier publicidad de cobija. El brick de vino le servía de almohada. Eso pensábamos. Hasta que nos comentó en una tarde casi lúcida, casi lúdica, casi impúdica, que así evitaba que se lo robara algún robaperas.

Después de aquella mañana no creo que le importase mucho lo de los robos.


A las cinco de la noche.
A lo lejos ya viene la gangrena
La deseada paz eterna
A las cinco de la noche.
Trampa de vidrio por las verdes calles
A las cinco de la noche.
Los vientres quemaban como soles


Un día que me crucé con “E.”, y que estaba más decaído de lo normal, más torpón en los andares, más tardón en articular frases, como si tuviese prisa por acabar algo que no había empezado en ningún tiempo, nos fuimos a tomar un café. Bueno. Un café, yo, y él, lo que quisiese él. Después de los tira y afloja habituales de alguien que está deseando contarte algo, que parece que no se atreve y que al final se suelta y no para, con el ímpetu de un caballo desbocado que ha huido del corral y se ha librado del bocado esclavizador, aparte de las fuerzas que le daban un par de copas, me comentó algo que debía llevar guardado para pocos oídos, para los justos, nunca en demasía:


“Nunca ha sido plato de mi devoción hablar mal de la gente. De ningún modo he sabido diferenciar quién es el amigo y quien es el pariente. Esa delgada línea siempre estuvo ahí presente. Recuerdo a dos seres queridos que ya no están y curiosamente eran familiares: un tío y un abuelo. Y lo de abuelo, por las canas. Los dos fueron víctimas de la cirrosis, como mínimo. Y puede que fueran víctimas del olvido y de la pena, que eso también se lleva a los mejores.

A las cinco de la noche,
Y el gentío rompía las ventanas
Espías en la noche.
A las cinco de la noche.
A las cinco de la noche.
¡Ay, qué terribles cinco de la madrugada!
¡Eran las cinco en pocos relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la noche!



-Uno murió en su cama y el otro en su cama del hospital. No eran capaces de matar ni una mosca. Solo les querían para reírse de ellos o para que fueran de paganos. Esos puñeteros meapilas… Cuando invitaban a una ronda, y otra, y otra, todo eran palmaditas en la espalda. Cuando los fondos tocaban fondo volvían a ser los borrachuzos indeseables de siempre. Peor que maleantes…El abuelo le regaló a mi chico por su tercer cumpleaños un cencerro. Era pastor de ovejas. Para él era la cosa más bonita: sus ovejas, sus cencerros y el chico. El otro trabajaba en la construcción toda la semana manejando una grúa pero el sábado y el domingo se perdía. Era un borracho de fin de semana. Recuerdo que se ataba un ladrillo de seis agujeros, un tocho, a la pierna con una cuerda vieja y salía así, fíjate bien, ¡así por la calle!. Decía que era para apoyar el vaso de vino, o la copa, o la botella… Y el lunes, de vuelta al tajo. Hasta que murió.

Me le quedé observando por el rabillo del ojo un rato hasta que levantó la vista del fondo del vaso, ya vacío, y me devolvió la mirada.

-Un cencerro, un puto cencerro… Bonito regalo para su nieto, ¿No te parece? A mí me encandiló la puñetera campanilla


P. D. : SI ALGUIEN QUIERE QUE LE MANDE EL ESCRITO COMPLETO, QUE ESTARÁ PREPARADO EN BREVE, QUE ME MANDE UN CORREO ELECTRÓNICO. ASÍ DE FÁCIL, VAMOS, DIGO YO.

LOS TOROS, DESDE LA BARRERA.

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Lo está volviendo a hacer. “F.” no aguanta dos tragos sin que la verborrea le supere. Y se pone pesado, muy pesado y muy cansino. Solo lleva un gin tonic y el camarero empieza a desfilar de un lado a otro del mostrador. Como haciéndose el loco. Las miradas que le lanza a A., porque son lanzazos, van desde una sonrisilla complaciente, aunque nunca es cómplice, a pensar que siempre le está tocando bailar con la más fea.

LOS TOROS, DESDE LA BARRERA, NO SON VAQUILLAS.


Es mujer y va dando traspiés por el centro de la calle. “B.” ya no controla como quisiera y se la puede ver a primeros de mes, cuando cobra evidentemente, cómo oscila de una acera a la de enfrente sin la vista puesta en los coches que la sortean a duras penas. Hay veces que se para en el centro de la calzada, mira hacia atrás con el poco orgullo que cree que le queda, levanta jocosamente un puño iracundo y se le oye farfullar algo ininteligible. Acaba rematando su mini alegato mirando al suelo y mascullando un “…jos de puta, …jos de puta, …brones”.

LOS TOROS, DESDE LA BARRERA, EMPIEZAN A SER ALGO MÁS QUE CABESTROS.


También es mujer. “C.” A fin de cuentas el nombre es lo que menos importa. La puedes ver con sus eternas gafas negras y no es porque le estorbe el Sol exactamente. A cualquier hora las lleva. Lo achaca, el uso de las mismas, a unas migrañas espantosas. Los demás piensan/pensamos que es para que no podamos ver sus ojos enrojecidos. Ésta, que debió ser “guapa moza” de joven, me recuerda a algo que se decía hace muchos años: “Si feo está el beber en un hombre, más feo está en una mujer”. El tiempo todo lo iguala.

LOS TOROS, DESDE LA BARRERA, LLEVAN BOTINES Y NO VAN DESCALZOS.


Si le preguntas, si es que tienes la suficiente confianza para hacerlo, a “D.” cuando fue la primera vez que pilló un ciego, te dirá que no lo recuerda. Son episodios de sus vidas que se pierden astutamente en la noche de los tiempos. No recuerda lo que mezcló, si fumó algo o si cayó alguna pastilla. Sabe, eso recuerda, eso sí, que fue por una apuesta. Nunca se sabrá por su boca si la ganó o perdió la misma en el intento. Ahora nadie apostaría ni un triste céntimo de euro por su vida. Apuesta perdida.

LOS TOROS, DESDE LA BARRERA, LE CANTAN A LA LUNA LUNERA CASCABELERA.


La idea de “H.” sobre las ayudas sociales y lo que queda de él va más allá. En su particular y onírico mundo sigue creyendo a pies juntillas que no le valen, que no le llegan y que no le sirven sean las que sean las ayudas sociales. Duerme en los cajeros sobre un cartón y se tapa con lo que pilla que suele ser otro cartón. Y a su lado uno más, un cartón, pero de vino. Debe tener alguna soldadura por donde pierde líquido y no está reparada. Y eso que era buen fontanero.

LOS TOROS, DESDE LA BARRERA, NO SON MANSOS. SON MIHURAS.



(¿continuará?)